Cuando una emoción llama a nuestra puerta, se asoma o entra bruscamente sin pedir permiso. Se cuela en nuestro interior aprieta, empuja e incluso duele, sí dolor físico. Sólo quiere ser aceptada, hacerse un hueco, ser vista.
Ese nudo en la garganta, esa opresión en la boca del estómago o en el pecho, ese nudo en el estomago, ese dolor de cabeza que te paraliza... así podéis completar cualquier otra que se os ocurra.Toc-toc estoy aquí. Sí aquí. Y me muevo, me cambio de sitio, juego al escondite contigo, estoy aquí.
Quiero que mires aquí, que me oigas, que me sientas.
Y simplemente espera una respuesta, con paciencia y cariño.
Si la respuesta es hacer como si nada, querer quitarla de en medio... apretarla para que se quede ahí calladita, quieta y hacer como si nada. Se cierra, se encapsula, y ahí se queda agazapada y apretando.
Toc-toc. Sigo aquí, hola, sólo quiero que me mires y me sientas. Y de nuevo duelo, aprieta, ahoga...
Si tu respuesta es pararte y dedicarle un ratito, como lo harías con una amiga. Ella de repente aprieta fuerte y duele intenso mientras sale, te susurra su mensaje el lenguaje que conoce. Tu cuerpo se estremece, se encoje, se siente. Y cuando vuelves a sentir, ya no está. Se ha transformado. Queda su poso, su mensaje, su compañía lejana y el dolor, fluye por el río continua su camino diluido.
En ese momento, ya no grita, ya no come, ya no llora, ya no duele. Se ha fundido en ti en un tierno abrazo, en el susurro del eco de su recuerdo.
¿Te atreves a probar?
No hay comentarios:
Publicar un comentario