Tras la tempestad llega la calma, quizás una calma teñida...
teñida de morado, de azul, de verde o de cualquier otro color.
El mar lleno de algas tras una gran tormenta, o la playa
revuelta casi sin arena tras un invierno árido....
Hay días que sin saber cómo, amanecen con aire arreciado. El
aire me gusta, acaricia mi cara, mi cuerpo. Me despierta, me modela. Me gusta
su sonido, su tacto, como me envuelve...
Pero cuando arrecia y se me caen las lágrimas al rozar mis
ojos, me destempla o casi me tengo que agarrar, me deja de gustar y a veces
pasa.
Ese día el viento fuerte trae gotas, de lluvia, de tormenta,
de rocío o de lágrimas pero gotas.
El corazón de mar se revuelve, estalla. Deja caer olas que
parecen lenguas de huracán y mañana... mañana todo vuelve a la normalidad. El
pelo sigue revuelto, la arena desordenada y las algas enmarañadas pero ya sin tempestad.
Con cariño y sin preguntar por qué, con mirada cómplice toca
coger cada cosa ponerla en su sitio, estirar la arena con el rastrillo y mirar
con ojos nuevos.
Si al colocar algo no encaja hay que tirarlo o cambiarlo de
sitio; si en la arena aparecen piedras que no dejan avanzar al rastrillo hay
que cogerlas, moverlas o quizás con amor lanzarlas al mar y dejarlas marchar,
viendo como se alejan y se llevan los restos de la tempestad.