jueves, 1 de febrero de 2024

Cuando la muerte llama a la puerta

Llevo mucho tiempo sopesando escribir al respecto, desde mi profundo respeto a cada proceso personal en relación con la muerte y el cariño que requiere os dejo estas letras.

No nos educan para la muerte.

La muerte es tabú, "anda déjalo no hables de ellos", "ni lo menciones".
La sociedad actual nos lleva a creer que vamos a ser inmortales, no son estas las palabras pero el rechazo a la muerte ajena, especialmente me enfoco en los progenitores, nos lleva a creer que siempre van a estar, que toda edad es joven, a ni siquiera sopesar la opción de que ocurra y, menos aún para personas de menor edad, incluso descendientes.
Nos invita a vivir de espaldas a este hecho real, que nos rodea cada día. Nos invita a ocultar toda sensación o emoción que no sea agradable, pero esto da para mucho más...
Todos los días nacen personas y todos los días mueren personas. Es una realidad, todo ser vivo tiene su ciclo vital desde el nacimiento hasta la muerte, transitando el camino que le toque en este trayecto.
Hoy sé que no temo a la muerte, y especialmente en generaciones ascendentes.
Soy de esa especie extraña que me gusta compartir sobre la muerte, mirarla y valorar su presencia cuando llega.
Cuando se acerca y me toca en la piel la recibo, la escucho y dejo que me duela, porque duele. La ausencia física de un ser querido duele y mucho.
También he sentido la injusticia ante personas "jóvenes" para las que su vida a tocado su fin.
Y por mi rostro han corrido lágrimas y siguen corriendo ante la falta de muchos referentes.
Del mismo modo, dejo que toque la calma de su paz, de su misión cumplida, de una vida vivida. Sé que se tenían que ir y yo aprender de su ausencia.
Desde mi fe, muy particular la mía, confío plenamente en que siguen ahí. Para quienes no lo compartan, invito a sostener que mientras estén vivos en nuestros corazones seguirán entre nosotros.
Me gustaría invitar a la reflexión sobre este tema, incómodo, sin duda, y permitirnos sentir la muerte en nosotros. En ningún caso planteo regodearnos, ni dejarnos envolver por un eterno sufrimiento ante la pérdida.
Simplemente, darnos permiso para sentir dolor, injusticia, ausencia cuando así nos lo traiga la vida, porque si de algo estoy segura es que todos en algún momento vamos a vernos envueltos en este trance, es inherente a nuestra existencia.
Acompañar estos procesos es respetar el dolor y emociones de cada persona, estando a su lado desde el silencio compasivo, dispuesto a recoger lo que la otra persona quiera entregar. Escuchar con el corazón más allá de las palabras, abrazar en el silencio sin necesidad de tocar.
Gracias por leerme, un abrazo para ti si estás transitando por este camino en estos momentos.