Miro hacia dentro, busco en mi
interior la palabras que resuenan las que vibran en mí. Los engranajes se
mueven un puntito encajan a la perfección, y hacen que todas las brozas del
camino se disipen, que abra los ojos y el viento sea compañero y no motivo para
cerrar los ojos.
Suena un clic, oigo un latir en mi interior y
ese día levanto la cabeza y lo veo claro, es el momento de comenzar, de cambiar
mi vida.
Todo empieza con un
debería hacer…., lo pongo sobre algodones, o quizás cama de espinas, se hace
resbaladizo, quiere caerse y no se sujeta, hay un globo sujeto con alfileres. Un globo cargado de excusas, ahora
no puedo, ya llegará el momento, he perdido la fuerza de voluntad, tengo
demasiadas cosas… y se va postergando, cada vez que vuelve una nueva excusa se
sube al globo para mantenerlo en vilo. El globo se mueve, se tambalea con el viento, con el oleaje, con un ligero soplido o con el más fiero rugido. Hay
días que lo hace suavemente, otros a tempestades, trae olores de culpabilidad y de
malestar, trae dolor al rozar con las ramas altas, o al tropezar sobre charcos
fríos y llenos de barro.
En cada tempestad, en cada azote
de viento suave, en cada charco que meto el pie, o cuando me mojo porque el
aire remueve el agua de los ríos o mares, se empaña todo, el malestar
aumenta y las excusas se sujetan cada vez sobre hilos más pequeños.
Puedo cerrar los ojos, incluso el
corazón, puedo cogerme de los hilos y balancearme hasta dejar que mis manos se
pongan rojas y se hagan heridas.
Y hay un día que unas palabras, un hecho resuena en mi interior hacen el clic. Vibra todo mi ser, remueve mis valores, mis creencias y ese día, es el comienzo. Los
hilos se caen, se llevan las excusas colgadas, se disipan las dudas, los
miedos se vuelven motor, el viento abre camino entre las aguas sucias, miras hacia adelante y
hay un camino que siempre ha estado y nunca has mirado. Das un paso y todas las
tempestades quedan atrás, como referencia para cuando las piernas flojean, y
las dudas llegan, la puerta queda cerrada y mirarla es motivo para seguir
caminando. Unas veces los pasos son grandes y seguros, otras son pequeños y temblorosos, en ocasiones mis mejillas se mojan y sin embargo sigo agarrada a la cuerda que me sujeta aún cuando
no puedo caminar mirando al frente dejándolo pasar.
El PARA QUÉ está dentro de ti, sólo tú lo puedes encontrar y sólo te
sirve a ti.