Mi casa, mi hogar, ese lugar profundo que recubre todo, lo acoge entre sus brazos, lo sujeta y lo acuna.
El terremoto irrumpe, lo estremece, lo zarandea de forma estruendosa, lo agita tan fuerte que parece que se va a caer en pedazos, que se quiebra que se rompe.
Como un velo invisible, como aire sin viento, ahí sigue, herido y dolorido cobijando cada elemento. Se mee al son de la vida, del ensordecedor aullido cuando ruge. En silencio, casi escondido, sin juicio, con calma ahí sigue, cuando todo pasa, sientes la paz de sentirte protegido, seguro, en casa.
Hay situaciones de la vida que transforman, pueden transformar tu medio ambiente externo o tu ser interior. Revuelven, ronroneando, pasan por el éxtasis y sobredosis de energía y el dolor extenuante mientras te desnudan.
Te llevan de la mano a ir soltando capas, a acariciarte, mirarte y encontrarte.
Te empoderan, palabra que aún no consigo integrar en mi vocabulario, pero aquí cobra sentido. Hay quien lo llama resilencia.