Entre el cielo y el mar está todo y la ausencia se toca.
El infinito y el ahora.
Todo al alcance de una mirada, el silencio penetra, azules entremezclados, la vida se siente y se pierde en el mismo lugar.
La unión intangible, la distancia máxima y el vínculo eterno.
Ahí estás tú y yo. Entre el aire y el agua, sobre la tierra más profunda y recubiertos de sol. Todo en uno puede sentir más allá de mí. Rozar suavemente la eternidad, la vida con sabor a sal y el amargor de no llegar.
Un sin fin de oportunidades, extiendo mi ser dejo que se elongue donde siento que todo está bien, que es el lugar.
Desde aquí el abismo es diminuto teñido de añil en la inmensidad de que todo vuelve a empezar, principio y fin juntos por siempre y separados hasta donde nunca alcanzarás.
La dicotomía de la existencia, perderse en la profundidad y encontrarse en la soledad. Alcanzar el olimpo desde la más diminuta esencia en la grandeza del mar, sin saber si es mar o cielo, vida o ausencia.
Justo ahí en ese lugar donde todo se encuentra, tú y yo, cruzando el horizonte en distintas direcciones tan lejos y tan cerca. El alma se expande dando permiso a ser atravesado mientras se desvanece la estela que vamos dejando. La calma perpetua se encuentra donde parece que no existe nada.
No hay nada que buscar porque todo está.
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