lunes, 4 de febrero de 2013

Historia para compartir


Este blog nació, entre otros, con el propósito de publicar cuentos o textos cortos. Historias para reflexionar, para la vida, para compartir.

Hoy tras varios meses de andadura, voy a compartir el primero. Un cuento que ha surgido con motivo de una maravillosa experiencia de sábado mañana, compartida y vivida de manera plena.

También hace honor a muchas personas que, sin estar allí, lo han compartido conmigo de muchas y muy diversas formas, aportando su granito de arena y poniendo su apoyo para poder saltar, para tener donde agarrarme al saltar.

Quiero recoger con él y en él la sucesión de saltos que se han producido, y me ayudan a mirar el nuevo camino que se ha abierto y a sonreír, rodeada de muchas y extraordinarias personas junto a mí.

Aquí os lo dejo:

"Tras un caluroso día de verano, el sol cayó como cada día, dejando paso a la luz de la luna. Aquella noche la luna brillaba de forma especial, con gran intensidad y fuerza como queriendo recoger todas las experiencias del día.
El reflejo de la luna cayó sobre el cerezo, donde las cerezas suspiraban tras la calidez del día que las había ayudado a madurar. Su color se había intensificado, rojo casi púrpura y ahora les llegaba el momento de descansar para al día siguiente despertar sonrientes ante el nuevo sol. Eran días de madrugar, el sol las acariciaba desde bien temprano por la mañana para que poco a poco fueran cogiendo temperatura hasta hacer más llamativo su tono, más apetecible.
En aquel árbol las cerezas estaban todas al menos de dos en dos, sólo concebían la vida junto a su compañera de flor, compañera desde antes de nacer con la que habían compartido toda su existencia, sin ella no tenía sentido. Con su compañera superaba el exceso de calor de algunos días y las gotas de agua de otros, ambas necesarias para su buena maduración.
En una esquinita había un par de cerezas sonrojaditas, ya estaban casi en su punto de maduración; aquel día las ramas de arriba las habían cubierto de la fuerza del sol, permitiéndolas resguardarse.
Se miraron la una a la otra y se dijeron, “¡qué buen día ha hecho hoy!”, con una gran sonrisa iluminando su cara.
Juntas, como siempre, miraron a la luna y le dijeron “gracias por cada noche acompañarnos y con tu suave luz envolvernos en un manto de sosiego para prepararnos para un nuevo día, y mañana poder agradecer al sol su fuerza para nuestra maduración”.
Una de ellas, se quedó pensativa y la otra le preguntó “¿qué te sucede amiga?”… La primera tras unos segundo le dijo “amiga y compañera, me he dado cuenta que hasta hoy nunca te he dicho lo que siento, muchas gracias por acompañarme a lo largo de mi vida por estar a mi lado y por hacerla más fácil”. La compañera se sonrojó y notó como la luz de la luna se reflejaba en su lágrima."

3 comentarios:

  1. Laura, qué bonito cuento...qué sensibilidad y dulzura. Enhorabuena amiga, refleja tu esencia. Con tu permiso lo comparto. Y por favor, sigue escribiendo así!!!
    Un abrazo
    Julia

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    1. Muchas gracias Julia, coge una cereza ;). Comparte que para eso son las historias para compartirlas. Estoy segura de que habrá más y estarás ahí para leerlas. Un abrazo.

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  2. Tarde, pero no me lo quería peder.
    Qué preciosidad. Me encantó.
    Cuántas cosas llevas dentro que hay que dar una oportunidad de ver la luz, sigue, no te desanimes.
    Un besazo guapa.
    Te quiere y no te olvida. Belén.

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